lunes, 17 de febrero de 2014

9. HACIA RUTAS SALVAJES. 2ª PARTE

El perfume que se percibía en el aire consistía en una mezcla entre el humo de la gasolinera de Plaza de España, que lo cubría todo, y los restos de cadáveres en putrefacción, eso hacía que la acción de respirar se volviese pesada y dificultosa; además, la aparente calma se rompía de vez en cuando con gritos, jadeos y golpes a lo lejos. Desde donde me encontraba podían verse algunos contenedores tirados con la basura dispersa por la carretera; había algunos coches parados, con las puertas abiertas, como si los hubiesen tenido que dejar de forma apresurada. Quizá podría coger uno, de ese modo llegaría mucho más rápido a Toralla, el problema sería el hecho de ser el único coche circulando por la carretera y haciendo ruido, cuestión que llamaría la atención de cualquier criatura a unos cientos de metros a la redonda. Los seres que se encontraban subidos a los caballos de la plaza serían los primeros en verme y oírme salir con el coche, y esa idea no me gustaba nada; ¿qué haría si me veía rodeada de ellos dentro de un coche? Se convertiría en una ratonera. Quizá caminar no estuviese mal del todo.
Entre los que se hallaban encaramados a la estatua y los que merodeaban por el suelo habría una veintena; se encontraban lo suficientemente alejados como para poder empezar a bajar Gran Vía, en dirección contraria a ellos, y que no me viesen. Así que me decidí. Caminé muy pegada a la pared, con el palo de golf en la mano y la pistola metida en el pantalón, no quería usarla a no ser que me viese en una situación extrema, ya que el mínimo ruido en esta situación se pagaba caro. Escudriñaba el panorama a lo lejos en busca de cualquier indicio de movimiento o peligro, y cada tres o cuatro pasos volvía la vista atrás para asegurarme de que los Jinetes del Apocalipsis seguían en su sitio.
Debían de ser las 9 o 10 de la mañana, ya que el sol empezaba a calentar, aunque las nubes de humo lo tapaban a ratos y todo se volvía de un color grisáceo. Después de un rato, llegué a la carretera por donde se entraba al centro comercial Gran Vía, donde había empezado todo para mí. Continué bajando la calle, pero de repente algo me detuvo. Un sonido de voces alteradas, como si alguien viniese corriendo desde el centro comercial. Me apresuré para girar en la siguiente esquina y ponerme a resguardo; al torcer la calle unas manos me agarraron, me taparon la boca y me introdujeron en un soportal. Forcejeé un momento y opuse resistencia, pero algo en el “shhh” que mi captor pronunció en mi oído hizo que me calmase. Permanecí quieta mientras el ruido se acercaba. Por Gran Vía, perpendicular a la calle en la que me encontraba ahora, pasaron corriendo cuatro personas desesperadas. Uno de ellos, un niño de unos diez años, cayó rendido; en ese momento tuve la intención de salir a ayudarlo, pero mi apresador me lo impidió. Pensándolo mejor, no tenía ni idea de qué venía tras ellos y quizá hubiese sido mi sentencia de muerte. Pronto lo comprobé en el momento en que una manada de zombis se precipitó sobre el pequeño; el sonido de su último grito ahogado mientras las criaturas le desgarraban la cara a mordiscos me acompañaría para siempre. Entre varios consiguieron arrancarle los miembros, peleándose por la presa en un macabro festín de sangre, retazos de carne y vísceras.
La imagen me provocó una arcada incontenible que tuve que volver a tragarme, puesto que aún me estaban tapando la boca. Lo que no tuvo contención posible fueron mis lágrimas, que cayeron empapando mi rostro y la mano de mi... salvador. ¿Cómo era posible que estuviese ocurriendo esto? ¿Por qué no llegaba ayuda de ningún sitio? La ciudad parecía desierta y la gente era asesinada de una manera horripilante por las calles sin que nadie pudiese hacer nada… ¿Acaso esta situación se había expandido por más sitios? ¿Estaría todo el mundo sumido en el caos y por eso a nadie le importaba una ciudad perdida en la última punta de un país del extremo de Europa?
Cuando los zombis dejaron lo que quedaba del muchacho y continuaron su camino, las manos que me sujetaban se relajaron, así que me di la vuelta. Una especie de alegría inundó mi cuerpo y no pude contenerme. Lo abracé con fuerza durante unos minutos e inspiré aquel olor característico. Era irónico, ahora me sentía segura, con la creencia de que todo iba a salir bien, aunque fuese mentira.
−Lo siento, no podía dejarte sola… espero que me perdones.
−Pero, ¿cómo?, ¿me has estado siguiendo?−la sonrisa de Denis no necesitaba contestación.−Bueno… estoy… voy a intentar ir a Toralla con mi hermano…
−Lo sé, te escuché hablar con él. Es una buena idea.
−Pero… no sé, creo que me voy a arrepentir de esto… me gustaría que vinieses, aunque… no sé cómo va eso de la transforma… es decir, ¿cuánto tiempo seguirás siendo… tú?
−Aún tenemos algo de tiempo, Nadia.
− Vale, pero ¿Me vas a contar lo qué te ha pasado?, ¿me vas a contar algo, Denis? No sé, yo he confiado en ti, me gustaría ayudarte, y…−busqué en mi mochila y saqué una de aquellas bolsitas de substancia azul− ¿qué es esto?
−Te lo voy a contar todo, pero antes, tienes que ver algo.



"Nadia" Ilustración de nuestra ilustradora oficial:

domingo, 9 de febrero de 2014

8. HACIA RUTAS SALVAJES

Cuando me levanté, después de un rato, advertí que la pistola de Denis seguía en la cama; así que la cogí y me la guardé bajo la camiseta, al fin y al cabo él me había dado permiso para quedármela y si él era… seguramente él no la necesitaría. Analicé el planteamiento de mi viaje durante un momento, para así poder decidir que tendría que llevarme conmigo y qué cosas me harían falta. Lo primero era intentar cargar el móvil, ya que si tenía algún problema grave no tendría más opción que llamar a mi hermano. Abrí el primer cajón de la cómoda de la habitación de Denis y me sorprendí con lo que encontré; lo primero que vi fueron unas bolsitas de plástico llenas de una substancia azul, no es que fuese una experta en droga, pero nunca había visto algo parecido; también había un par de libretas, una parecía un diario, y una caja de puros habanos con más de dos mil euros en billetes de veinte, de cincuenta y de cien. En otra caja de metal más grande, encontré varios gramos de cocaína dispuestos en pequeños saquitos de plástico, marihuana y varias placas de hachís; había esparcidas por el cajón muchas más bolsitas de la substancia azul y munición para la pistola. Cada vez aquella historia se volvía más y más incomprensible, no entendía nada. ¿Por qué no me había contado nada de esto? Seguí revisando el siguiente cajón, donde encontré un cargador, entre otras cosas, y rápidamente conecté el móvil. También descubrí una Polaroid antigua, de las que te sacan la fotografía al momento, que guardé con cariño para el "viaje".
Después de comer un poco de los espaguetis que quedaban del día anterior y de darme una ducha, no sabía cuánto tiempo pasaría hasta que pudiese volver a hacerlo, revisé mi mochila y repasé meticulosamente si tenía todo lo que necesitaba: la pistola, munición, el palo de golf y varios cuchillos, indispensables si me quedaba sin balas, el móvil, comida, un par de botellas de agua, mudas limpias, la Polaroid, una de las libretas de Denis y un par de bolsitas de la substancia azul, tenía que averiguar de qué se trataba.
Me cargué la mochila a la espalda y eché un último vistazo a la casa; inspiré profundamente y atesoré ese olor característico. Abrí la puerta despacio mientras le daba vueltas al mismo pensamiento: en el momento en que la cerrase nunca volvería a entrar, ni tampoco volvería a saber nada de Denis. La cerré con firmeza y bajé las escaleras; antes de llegar al rellano del primer piso ya pude sentir el repugnante olor del asqueroso bicho que me había cargado el día anterior: allí estaba, con la cabeza abierta a golpes y los sesos descompuestos esparcidos por el suelo. Tuve que taparme la nariz para no vomitar. Pasé con cuidado a su lado y seguí mi camino; al llegar al portal empecé a notar la tensión en todos mis músculos, ¿estaba preparada para salir ahí fuera? Tenía que hacerlo, me quedaba un largo camino por delante, según mis cálculos debían de haber algo menos de diez kilómetros desde donde me encontraba hasta Toralla; en una situación normal tardaría, más o menos, dos horas, pero teniendo en cuenta lo singular de la situación en la que me encontraba, no tenía ni idea; debía caminar siempre alerta, atenta a cualquier sonido, olor, movimiento… despacio y confirmando que cada paso que diese fuese seguro, pero debía estar preparada para encontrarme cualquier cosa, no había cabida para las sorpresas.

Finalmente me decidí y abrí la puerta del portal con el palo de golf en la otra mano, salí con cautela y volví a cerrar la puerta asegurándome de que hiciese el menor ruido posible. Escuché con atención y poco a poco salí hacia la acera; lo primero que hice fue girar la cabeza hacia la Plaza de España y la imagen que se contemplaba era la misma que cuando había llegado. No pude resistirme, saqué la Polaroid de la mochila y esperé el mejor momento para inmortalizar a aquellos jinetes del Apocalipsis.